sábado, 19 de diciembre de 2020

Arribes de Pereña. ¡A desalambrar! 2020-12

El Pozo de los Humos, especialmente visto desde el lado de Pereña, es uno de los espectáculos más asombrosos que se pueden encontrar en la provincia de Salamanca y yo diría que en España.

El río Uces es corto y estacional, pero cuando hay lluvias o deshielo, su cauce recoge un volumen excepcional de agua que se precipita con violencia. En la mayor parte de su curso la erosión ha creado un barranco encajonado, típico de las Arribes, pero al llegar al Pozo de los Humos se encuentra con una falla donde se interpone una masa de granito mucho más resistente a la erosión que los materiales geológicos del entorno. La cascada, de unos cincuenta metros de alto, provoca la pulverización del agua en su choque con las rocas.

Como muchos otros lugares de las Arribes, los paisajes son brutales, abrumadores y dignos de ser disfrutados una y otra vez.  


La visita al Pozo Airón es un complemento lógico y necesario si se viene por Pereña. El camino, bien conservado y señalizado desde el pueblo nos deja en poco tiempo en otro salto magnífico que ofrece la posibilidad de pasar por debajo sin mojarse (casi), igual que ocurre en el salto del Piñero por el lado de Masueco.



Desde el Pozo Airón se puede enlazar con la ermita de Pereña para hacer un recorrido circular que complete las caídas de agua con las vistas sobre Duero, encajonado y embalsado por la presa de Aldeadávila. Es un recorrido que hemos hecho otras veces, la primera parte del cual transcurre por sendas que se pierden en las antiguas terrazas de cultivo.

Antes de llegar a la ermita, el sendero tradicional (o al menos habitual), ha sido amputado por la concentración parcelaria, interponiendo vallas cinegéticas y alambres de espino. Es lógico y natural que se concentren los terrenos para dar más posibilidad de explotación a los ganaderos, pero algo falla: cortar un paso que se ha estado usando desde hace mucho tiempo y que completa un recorrido deseado por senderistas (también por cazadores) es un error. 

Hay una solución que se está imponiendo en multitud de lugares (por ejemplo, en Extremadura) que consiste en insertar allá donde los senderos encuentran las nuevas vallas puertas deslizantes, que no puede ni abrir ni usar el ganado, pero sí las personas que deseen atravesar la finca de forma civilizada. Un sendero de paso no provoca ni molestias ni problemas de ningún género a los propietarios y evita que las vallas se salten y rompan. Esta solución es más económica a medio plazo que simplemente prohibir el paso y obligar a rodear por carreteras, lo que poca gente hace, y menos si las vallas ya están dadas de si por el paso de personas que han venido antes.

Seguro que la Diputación Provincial apoyaría esta acción, que aumentaría el valor de la red de senderos de las Arribes. La llamada del Parque natural, que yo he dejado dicho que es de nivel mundial, debe ser cuidada; un sendero que se interrumpe y obliga a rodear por una pista anodina es desincentivar que las personas amantes de lo natural, o simplemente los turistas, vengan por aquí.

Por otro lado, llama la atención que se pierda irremediablemente el declarado patrimonio de la humanidad de la Unesco que son las vallas de piedra en seco. Las alambres que se están sembrando por doquier las está llevando a su desaparición. Es obvio que es más barato y rápido poner alambres, pero las vallas de piedra deberían ser subvencionadas. También debería dárseles todo su valor, mediante campañas informativas y premios para quienes las conservaran y promovieran. Seguro que existen ayudas que podrían gestionarse a nivel provincial, regional, estatal y europeo. Su valor patrimonial y también natural, al ser refugio de fauna, justifica su potenciación con los medios precisos. 

Desde la Ermita, el camino rodea el cerro con vistas panorámicas sobre el duero, llega al risco del Picón de la Tabla, baja al cauce junto a un precioso y bien conservado chozo de pastores y remonta el cauce para ascender al poco de regreso hacia Pereña, donde hemos dejado un coche para enlazar con el que dejamos al comienzo del recorrido.

Aquí puedes acceder a la ruta en Wikiloc (ten en cuenta que si las vallas están arregladas, tendrás que rodear las fincas por pistas. 

Pincha en este enlace para acceder a una colección de fotos de la jornada.


lunes, 7 de diciembre de 2020

Arribes del Huebra en Saldeana. 2020-12

La provincia de Salamanca tiene lugares de gran belleza, pero la comarca de las Arribes tiene una singularidad que hace que destaque y sea conocida a nivel internacional.

El Duero presta a las Arribes su imagen más reconocible, pero no la única; otros ríos han tallado el terreno con un poder parecido, a pesar de su menor cuenca fluvial que les hace más dependientes de las precipitaciones. 

En el Duero y el Tormes, los embalses crean la ilusión de lagos sobre los que se hunden las paredes verticales, mientras que en otros, como el Camaces, el Águeda o el Huebra, la naturaleza se muestra sin intervención humana. Siempre es un paisaje que impone y sobrecoge, pero cuando se acumulan lluvias, es digno de ser disfrutado. Las cascadas explotan envueltas en niebla pulverizada y el agua ruge al fondo de abismos.

Arribes tiene muchos más valores, como su avifauna, sus pueblos y los senderos por los que caminamos, rodeados de construcciones que son patrimonio de la humanidad y que debemos apreciar como tales: los muros de piedra seca, a los que se añaden los chozos y chiviteras.

El paseo de este domingo es por Saldeana. Caminamos hacia el Noroeste para alcanzar el espolón de Picón Rubio, primero de los miradores del día.

Seguimos en dirección ascendente el curso del río, por la parte alta del cañón. Vamos encontrando  balcones cada vez más espectaculares. Son lugares soberbios donde el esfuerzo compensa, tras pasar por senderos de ganado que se cierran a veces con escobas y zarzas. Los buitres se alzan frente a nosotros aprovechando con su envidiable planeo las corrientes térmicas.



Otra compensación es la soledad absoluta y el silencio. Sólo los sonidos de la naturaleza (bueno... y algunos disparos lejanos) nos acompañan.

Antes de llegar al promontorio donde se sitúan las rocas conocidas como El Fraile y la Monja, la lluvia nos persuade de seguir; preferimos seguir hasta Saldeana para comer en los molinos del Arroyo Grande. Desde allí seguimos el precioso sendero que rodea el castro del Castillo.



Nos paramos en cada mirador, aunque el sendero no tiene un metro que desperdiciar. El último, ya casi rodeado el cerro, es el broche de oro, el llamado "del Huebra", donde el Huebra muestra un meandro soberbio, con pozas rodeadas de paredes graníticas. 



La salida tiene como final lógico la visita al fantástico castro vettón del Castillo. Un lugar evocador, con una protección natural inmejorable en tres de sus caras y una poderosa muralla precedida del mayor campo de piedras hincadas de todos los castros vettones. Los derrumbes de piedras por todas partes me hacen soñar con la esperanza de se acometa su investigación arqueológica y puesta en valor. Sólo hay que ver los restos que permanecen visibles para comprender su importancia histórica.

En este enlace puedes acceder a una colección más completa de fotos de la jornada.

La visita al castro de Saldeana y el recorrido circular del monte sobre el que se asienta y los molinos está perfectamente señalizado sobre el terreno, aunque si lo deseas, también hay multitud de tracks para descargar en Wikiloc.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Batuecas, Salamanca. 2020-12

Hay dos lugares que la cultura popular ha asociado con la ensoñación: Babia y las Batuecas. Ambos me enamoran. Siempre hay un buen momento para "estar en las Batuecas", aunque su belleza destaca cuando la humedad acentúa el contraste del musgo húmedo sobre árboles y rocas.

El monte se viste de gala con su cara lavada por la lluvia de días anteriores. Las cascadas y torrentes estarán pletóricos. 

Desde el mismo inicio del recorrido, el sendero adaptado ofrece un paseo sin obstáculos. Quien lo desee lo puede disfrutar, sin excepciones. En esta ocasión, la intervención humana ha sido acertada en mi opinión: el corredor de maderas no llama la atención más que el paisaje, como ocurre con algunos miradores agresivos, y permite moverse bajo el bosque sin dañarlo.

El paseo se complica y embellece cada vez más desde el monasterio. El río casi alcanza la enorme valla y las raíces mojadas son un pavimento precioso sobre el que hay que caminar con atención. 

Resulta chocante que estemos en el llamado "Desierto de San José", denominación que se refiere no a la vegetación de este paraíso sino a la soledad, silencio y austeridad que buscaban los monjes en un lugar apartado y con difícil comunicación.




Tras el tejo centenario, el eucalipto y los cipreses, se van sucediendo robles, alcornoques, encinas, enebros, pinos, madroños y otras especies. A cada paso veo una imagen que quiero conservar. No soy capaz de seguir al grupo; me paro a cada paso para ver la vegetación y el agua transparente. El cromatismo intenso de los verdes se complementa con los últimos tonos otoñales. Al espectáculo se une el trino de los pájaros, que afortunadamente esta vez no se cubre con voces ¡maravillas de las malas previsiones meteorológicas!

Seguimos hacia los abrigos con pinturas rupestres y los escarpes que dan vistas al valle. Los fósiles comienzan a hacerse visibles, incluyendo las ondulaciones fósiles o ripples, que muestran que en un pasado remoto (hace más de 400 millones de años) el lugar fue un mar de aguas poco profundas.


El paso del "regato de los Fósiles" no está nada fácil. Viene cargado de agua. Antes de llegar a la cascada del Chorro el valle nos muestra los primeros encajonamientos en la cuarcita y el risco separado que recuerda a la Torrita. Con razón la zona recibe los nombres de "Las Catedrales" y "las Torres".

El Chorro y las cascadas que le preceden están espectaculares. Las rocas, resbaladizas y con cierto peligro. Atención a los buscadores de imágenes difíciles si se visita cuando está húmedo.


Remontamos hasta el sendero superior del valle, con algunas breves dificultades, para completar la ruta por la ladera derecha (orográfica) y regresar al sendero adaptado. El día frío, la llovizna intermitente, las nubes, los troncos de los alcornoques descortezados, el musgo omnipresente, las alfombras doradas de hojas caídas y la compañía, todo se ha juntado en un día magnífico, inolvidable. ¡Hay que estar más en las Batuecas!

El recorrido hasta la cascada y volver, con las visitas a los abrigos rupestres, son unos 11 km y 250 m de desnivel. No hay pérdida. Es seguir el sendero del fondo del valle. 

En este enlace puedes acceder a una colección más completa de fotos de la jornada.

jueves, 19 de noviembre de 2020

Pico Gallo. Cármenes, León. 2020-11.

El pico Gallo se sitúa al sur de Cármenes, dentro de la reserva de la biosfera de los Argüellos, en León.

El recorrido que lo rodea es uno de los clásicos de la zona. Nosotros lo comenzamos desde las afueras del pueblo. Ganamos altura despacio por el camino que sube entre prados y llegamos al primer mirador sobre la sierra del Mediodía. Aunque el tiempo está inestable, las vistas son fantásticas.

Seguimos hasta un pinar de repoblación cuajado de abedules. En algunas partes el amarillo otoñal de las hojas de los abedules llena el suelo. Sorprende la multitud y variedad de setas que crecen en el pinar. 

Llegamos a la cuerda que da vistas al valle de Gete. Enfrente de nosotros la sierra de Arena muestra sus laderas norte llenas de hayedos y robledales. A la derecha, las elevaciones del Machamedio y el Fontún. A la izquierda, el río Torío que se precipita hacia las hoces de Vegacervera. 


Nos apartamos un poco del sendero y cresteamos hasta la Peña Grande. Un bosquete de gruesas hayas, precioso por su tamaño y el color de sus hojas, llega casi hasta su cumbre: Bajo las rocas cimeras vemos la entrada de una sima señalizada. 



El descenso desde allí es una gozada. El sol aparece, desaparece y refuerza las imágenes del magnífico bosque de Fanegas y Monte Brición.




Es un recorrido sencillo, variado y muy recomendable.

Abedules, cerezos silvestres y servales de cazadores repletos de frutos añaden otros colores al espectáculo del descenso.

En este enlace puedes acceder a una colección de fotos del recorrido.

En este otro enlace, puedes acceder al track en Wikiloc.


domingo, 15 de noviembre de 2020

Mogarraz-Cepeda-Miranda-Monforte-Mogarraz.

La sierra de Francia en otoño es una visita obligada. En esta ocasión comenzamos en Mogarraz por la ruta del Agua, que seguimos en sentido horario. Tras el puente de los Tres Ojos una breve subida nos deja en el camino hacia Cepeda y Miranda del Castañar. El regreso lo hacemos por Monforte y la segunda parte de la ruta del Agua.

Mogarraz está más bonito que nunca. Es una delicia pasear por sus calles sin tener coches por todas partes. 

Las laderas de los montes están doradas por las hojas de robles, castaños y cerezos. Las callejas parecen sacadas de un cuadro, con paredes llenas de musgo y una alfombra de hojas renovada. Cada rincón muestra una imagen hermosa. Los madroños están pletóricos, con racimos de pequeñas flores que aún se mantienen junto a los frutos maduros, rojos, brillantes y sabrosos.


No es de extrañar que la ruta del Agua sea un recorrido tan transitado. Su variedad y belleza lo justifica. 

El camino hasta Cepeda es más abierto, con vistas sobre los montes circundantes. Lo mejor es la visión del pueblo y su entorno desde el mirador de las eras y éstas, recuperadas y bien conservadas como el elemento patrimonial que son.

El paso por un robledal maduro nos deja bajo Miranda del Castañar. Su emplazamiento nos muestra el origen de defensa y control del territorio que tuvo.

Seguimos junto a la carretera hasta tomar una pista rodeada por colores otoñales. Alcanzamos Monforte, nuevamente por caminos de cuento y tras contemplar los restos de un molino. Un tramo por carretera, esta vez sin más opción que el asfalto, nos deja en el tramo final hasta Mogarraz, por un sendero estrecho, junto a los bancales y con vistas magníficas sobre el monte.





El único "pero" de la ruta es el lugar donde concluimos: la carretera, a un km del lugar de comienzo. Lo idel sería que el sendero se conectara con el final del pueblo por este lado, para evitar el riesgo que supone tener que caminar por una carretera estrecha y sin arcenes o aceras y poder disfrutar de la belleza de Mogarraz. La mayoría de la gente hace la ruta en sentido antihorario, comenzando por la carretera, pero el inconveniente -y el riesgo- siguen siendo similares. Si se acondicionara un tramo con acera hasta la Calle Nueva y se señalizara el camino por aquí, el problema se solventaría.

El recorrido, con la visita al mirador y eras de Cepeda, tiene unos 18 km y 550 m de desnivel.

En este enlace puedes acceder a una colección de fotos más completa

Esta es una ruta muy conocida y hay multitud de tracks, no obstante, sólo por facilidad de uso, incluyo un enlace al que hicimos nosotros.



miércoles, 11 de noviembre de 2020

La Calle de la muerte y la vida. Ávila.

La calle de la Muerte y la Vida

Cualquier parecido con la realidad... no es pura coincidencia.

Esta historia ocurre en Ávila en los años 60. No recuerdo exactamente cuántos años tenía cuando sucedió; en cualquier caso, menos de ocho. 

Mis padres tenían una pequeña tienda en la calle Cuartel de la Montaña (“Ultramarinos San Sebastián”) donde ambos trabajaban; en consecuencia, mi hermano Jose Ramón y yo íbamos solos donde era necesario desde bien pequeños. No había ningún problema; era lo natural entonces.

Vivíamos en la plazuela de Ajates, cerca del convento de la Encarnación, al norte de la ciudad. Como ejemplo, para ir al colegio de primeras letras de Doña Vicenta Manzanedo, situado en la calle Bracamonte, teníamos que acometer hazañas tan impensables a día de hoy como cruzar la carretera general o subir por las empinadas escaleras de piedra hasta el arco de la muralla, aunque hubiera nieve o hielo (y a la vuelta bajar resbalándonos por la barandilla).

Una de las costumbres familiares era visitar a nuestra abuela los fines de semana. Casi siempre la veíamos en la cocina de la taberna de mis tíos. El “bar del tío” estaba junto al arco del Alcázar de la muralla. Tenía su entrada por la calle Don Gerónimo, tras pasar el arco del Alcázar desde El Grande. La cocina tenía una puerta que daba al final de la calle de la Cruz Vieja.

Entre nuestra casa y el bar teníamos que caminar por pasajes con nombres evocadores como La Ronda, el Arco Mariscal o el callejón de la Cruz Vieja, al que en Ávila todos llamábamos el “de la Muerte y la Vida”. Es un paso estrecho y retorcido, pues se ajusta a la forma de la catedral, a la que rodea en parte.

La calle recibe su nombre oficial de una vieja cruz de madera situada en la pared exterior de la capilla de la Piedad, perpendicular a los altos contrafuertes de la catedral. Sobre ella hay un tejadillo, también de madera. Entonces había también un farolillo con una luz mortecina que apenas iluminaba la cruz.

Tras el tejado de la capilla, coronando la pared posterior, se alza una crestería de granito con dos cabezas talladas en sendos medallones superpuestos; una de ellas muestra a una mujer joven y la otra una calavera. Supuestamente representan la vida y la muerte. El nombre popular del callejón viene de estas figuras y las leyendas que sobre ellas se han narrado.

Cuando llegábamos en familia, tras saludar a la abuela y las tías y coger una propinilla, salíamos a jugar en los jardines situados entre la muralla y el banco de España (el antiguo alcázar). Algunas aventuras de aquellos tiempos, como nuestras trepadas a la muralla, sobre la escultura prehistórica del verraco vetón o la caída en la fuente, merecen ser contarlas en otra ocasión. Al cabo de una hora, más o menos, regresábamos a casa.

Recuerdo vívidamente uno de esos días. Volvíamos por la calle de la Muerte y la Vida. Nuestra madre nos contaba una historia de terror que supuestamente sucedió allí, con duelos, demonios y ángeles luchando por el alma de un caballero. Estaba acostumbrado a las historias de santos, incluidas las torturas de mártires, que el sacerdote nos contaba los domingos, así que tampoco era algo extraño para mí.

El sábado siguiente, por azar o por necesidad íbamos solos mi hermano y yo. Era una oscura noche de invierno. Como era habitual, la mayoría de las luces de los faroles alrededor de la catedral no funcionaban. Las nubes tapaban la luna y sólo dejaban pasar algunos rayos ocasionalmente.

Llegamos al callejón como de costumbre. Lo que no era habitual… es que fuéramos cogidos de la mano. El ulular del viento colándose por el callejón, parecía recordar los lamentos de ánimas errantes. 

Echamos un vistazo desde la esquina. Sólo funcionaba la luz del farol sobre la cruz. El viento lo agitaba y la tenue luz esparcía misteriosas sombras que se movían por la calle empedrada y los muros desgastados. Nunca hasta ese día había imaginado la presencia de extrañas criaturas escondidas en los tejados, tras los contrafuertes o tal vez a la vuelta de la esquina, justo bajo la cruz vieja. Las pulsaciones se me aceleraban. Sentía pavor.

Estábamos parados al comienzo del callejón sin decir ni una palabra. De repente escuchamos unos pasos que venían desde atrás; miramos, pero no sólo no vimos a nadie, sino que los pasos parecieron detenerse. No teníamos opción; apretamos los dientes y comenzamos a caminar deprisa.

Cuando nos acercábamos a la cruz escuchamos un ruido detrás de nosotros, muy cerca. De pronto el farol se movió y la mortecina luz parpadeó. Nuestras propias sombras se deformaban sobre el suelo. Sin decir nada comenzamos a correr como alma que lleva el diablo. El único portalón de la calleja, entrada de un antiguo mesón ahora cerrado a cal y canto, parecía estar abierto.

Cuando llegábamos ya cerca de la entrada de la cocina del bar, jadeando por la carrera, volvimos la cabeza y vimos un gato negro que nos miraba fijamente antes de perderse por un agujero en la pared. Pero ¿había allí algún agujero?

Incluso hoy, cada vez que paso por este callejón, especialmente si está oscuro, trato de caminar rápido, y cuando llego al final… miro hacia atrás.

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Este relato es una versión traducida del que escribí en inglés en su día como un trabajo para la E.O.I. al que puedes acceder pinchando en el enlace. Ahora lo he releído y me ha apetecido reescribirlo en castellano. Espero que te guste.