Cuando vemos las fotos de este lugar antes de conocerlo parece un decorado. Sin embargo, es real. Se trata de una formación geológica natural espectacular.
A pesar de estar en la provincia de Cusco se tarda unas tres horas en llegar. Ya por el camino vamos alucinando. La carretera de tierra se retuerce entre desfiladeros, desciende y trepa entre paisajes con plegamientos, barrancos y estratos de colores.
El lugar se conoce a nivel turístico desde hace solo once años. Aunque para las comunidades locales ya era una montaña sagrada, no se visitaba porque el hielo cubría lo que había debajo. A partir de 2015 el calentamiento global provocó el retroceso glaciar y los estratos con diferentes minerales quedaron al descubierto. Desde que se publicaron las primeras fotos hasta ahora, se ha convertido en uno de los lugares más conocidos de Perú.
A las comunidades locales no les ha dado tiempo a reaccionar. Cobran por el acceso y se percibe que están comenzando a construir infraestructuras (ojalá se controlen), pero aún se ven las terrazas de cultivo inferiores y los rebaños de vicuñas y llamas, que fueron su modo de vida hasta la fecha.
Se camina unos 40 minutos, eso si, a 5.000 m de altitud. Es un lugar absolutamente increíble. Los colores de las montañas frente a nosotros y especialmente el cerro del Vinicunca son un arco iris geológico. Aunque hay mucha gente, el lugar merece la pena. En contra de lo que se pueda creer, es real.
Descendemos ligeramente y volvemos a subir de frente para dar vistas al Valle Rojo. Pocas veces está mejor puesto un nombre. Como contraste a los rojos y violetas, tras nosotros aparecen varios glaciares de buen tamaño; el Ausangate destaca sobre los demás nevados.
La parte de carretera que por la mañana no vimos (hicimos el recorrido de noche) también es preciosa. Zonas semidesérticas con el fuerte contraste de los nevados en el horizonte.







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