Valvi y yo estábamos en la Universidad. Más concretamente en la Escuela de Ingeniería Técnica (EUITI) de Béjar (Salamanca). Como era habitual entonces, habíamos recaudado fondos durante el curso para pagar nuestra excursión de fin de estudios. Por votación, fuimos a Gran Canaria. Transcurría el año 1979.
Era la primera vez en mi vida que volaba y -ya que íbamos a Canarias- nos apetecía subir al Teide. Como de espíritu de aventura estábamos sobrados, no nos íbamos a quedar con las ganas, así que un día de madrugada tomamos un barco hacia Tenerife. Sin más. Sin previsiones meteorológicas, información y ni siquiera botas de montaña. La ida era subir en el teleférico: no nos hacía falta nada.
En Santa Cruz nos avisaron de que el teleférico estaba cerrado, pero ya que habíamos ido, tomamos una guagua que nos llevó hasta las Cañadas. No nos íbamos a quedar allí. Por lo menos había que ver el Teide desde abajo y ¿quién sabe? quizás abrieran el teleférico durante el día.
La guagua ni siquiera paró en el teleférico. Fue directamente
al Parador, situado unos cuatro km más allá. Era frustrante no poder subir. El
día estaba espléndido.
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| El Teide nos invitaba a subir |
Los dos nos retroalimentamos con la idea de subir caminando. No nos parecía descabellado. Habíamos hecho rutas aparentemente más duras en montaña, así que imaginamos un recorrido que nos llevara hasta la cumbre. Primero por la izquierda, en dirección hacia Pico Viejo y luego por la derecha hasta el cono volcánico final. Compramos un par de botellitas de agua y nos lanzamos.
El comienzo fue coser y cantar, Subimos por el camino junto
a los roques de García y seguimos de frente. No recuerdo si entonces había o no
sendero hacia el Pico Viejo, tal vez no le vimos. En cualquier caso no era
complicado.
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| El comienzo, por los Roques de García |
Cuando la pendiente aumentó llegaron las dificultades. Por cada paso que dábamos hacia delante, retrocedíamos dos. Comenzamos a subir en zigzag buscando las partes más consolidadas. Descansamos en la sombra de tubos volcánicos que nos parecían fantasmagóricos. El avance era agotador y lentísimo. Nuestras zapatillas eran totalmente inadecuadas. Necesitábamos descansar cada poco tiempo.
Tras varias -muchas- horas conseguimos alcanzar al estación superior del teleférico. Estábamos reventados y sedientos. Descansamos a la sombra de una de las edificaciones. Habíamos invertido mucho más tiempo de lo que pensábamos. Se nos iba a hacer de noche y aún no habíamos llegado a la cumbre. Había que pensar en vivaquear, pero… no teníamos nada, ni ropa suficiente ni por supuesto sacos de dormir. La insensatez con la que afrontamos la marcha quedaba patente. Si al menos pudiéramos entrar en alguno de los edificios…
No sé qué virgen se nos apareció, pero el caso es que una de las ventanas estaba entreabierta. Como la necesidad obliga, entramos por ella y vimos la salvación. Era un refugio para los trabajadores. Tenía literas, radiadores eléctricos, botellas de agua y comida (latas, algunas sopas de sobre, café soluble, leche). No tendríamos que bajar de noche.
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| El refugio salvador |
Tras hidratarnos y descansar, que falta nos hacía, salimos y acometimos la fácil ascensión a la cumbre. En el punto más alto de España esperamos hasta que anocheció. ¡Qué gozada! La sombra del Teide proyectándose sobre la isla y el mar. Un atardecer limpio y un cielo lleno de estrellas como nunca habíamos visto.
Bajamos de noche, entramos en el refugio y … nos hicimos una sopa “sopistant” calentando agua ¡en un radiador! Resulta que había una cocina, pero era de gas y no encontramos cerillas. Creo que también comimos un par de latas de sardinas.
Dormimos de un tirón. Calentitos y cómodos cada uno en nuestra cama. Desayunamos un café con leche y galletas, recogimos todo y dejamos una nota explicando por qué nos habíamos quedado.
No teníamos ni idea de cómo descender. Comenzamos a bajar cerca de los postes del teleférico, deslizándonos por las pedreras. A costa de la erosión y de las zapatillas, en media hora estábamos en la base. Mientras bajábamos el teleférico comenzó a funcionar. Adivinábamos las caras de asombro de los trabajadores que se asomaban desde la cabina.
Continuamos por la carretera hasta llegar al Parador, con la suerte de que nada más llegar apareció la guagua que nos llevaría de vuelta a Santa Cruz.
De regreso asimilamos la sucesión de barbaridades que habíamos hecho: Lanzarse a hacer una ruta sin tener ni idea de su dureza, sin calzado ni ropa apropiada, sin previsión de qué haríamos en caso de que se nos echara la noche encima, subiendo por lugares fácilmente erosionables que ni siquiera deberían pisarse, sin agua suficiente ni comida… No tiene perdón. Tan solo la ignorancia y la temeridad.
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Sirva como descargo que aquello fue un borrón. Que nunca volví a hacer nada parecido (lo cual no quiere decir que no me metiera en berenjenales y aventuras con riesgo manifiesto) pero sobre todo, que me ayudó a reforzar la idea de no dejar ninguna huella negativa de mi paso en la naturaleza.
Por supuesto hacer algo parecido hoy en día sería inconcebible. La información sobre la necesidad de usar sólo los senderos está por todas partes y la vigilancia, también. Bajando del Teide, en abril del 2026 hemos visto multitud de atajos. No hemos cogido ni uno sólo y los cuatro que íbamos estábamos totalmente de acuerdo en hacerlo así.
Aquí puedes acceder a un relato muy diferente, el de la ascensión que acabamos de hacer a finales de abril de 2026.
Aquí a otro artículo sobre las Cañadas del Teide, de estos días.





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